Una charla no tan extensa pero productivo con mi tío Claudio sirvió para ponerle punto final a una de mis dudas existenciales.
Ok, el hombre es "malo" por naturaleza, ok, es egoísta, piensa sólo en su supervivencia y satisfacción personal, okkk la solidaridad no es ayudar al otro porque pienso en el otro sin esperar nada a cambio, es "dar" algo porque eso supone una virtud "ser bueno" y saber eso me hace sentir "bien conmigo mismo" asi que a fin de cuentas es para sentirme bien conmigo y no para que se sienta bien el otro.
PEEEEEEEEEEEEEEERO...
Hay personas que ni siquiera se detienen a hacer cosas por el otro, ni a escucharlo, ni a ofrecer ayuda, ni a demostrarle cariño, ni a ser atentos, cariñosos, etc.
Qué es preferible? una persona "falsamente" solidaria o una que ni siquiera lo es?
THINK ABOUT IT
domingo, 24 de junio de 2007
viernes, 22 de junio de 2007
UN DÍA PARA LA DEMOCRACIA O DEMOCRACIA PARA UN DÍA
(Este texto ha sido creado para la primera vuelta de las elecciones a Jefe de Gobierno y forma parte de un trabajo práctico para la facultad. Lo posteo aquí porque me parece importante repasar ciertas cuestiones)
Hoy es día de elecciones en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pero yo no voto por vivir en provincia. Me pregunto, entonces, por qué estoy en este colegio del barrio de Colegiales. Quiero conocer el grado de interés que las personas tienen en el momento de ejercer su deber como ciudadanos, busco actitudes, muecas, comentarios, acciones, intenciones, comportamientos.
La escuela es chica, tiene tres pisos y un salón mediano en planta baja. En el primer piso están las mesas femeninas, en el segundo las masculinas y en planta baja se han improvisado dos biombos que hacen las veces de cuarto oscuro y son también mesas para sufragio femenino. La división entre sexos siempre me pareció absurda y anticuada. Las mesas masculinas del segundo piso son más serias y ordenadas. Por lo general hay hombres de edad mediana que esperan pacientemente de pie su turno y sostienen la libreta de enrolamiento o el documento de identidad entre sus manos entrelazadas. Todos aguardan en una misma posición, manos unidas adelante, brazos y hombros caídos y un pié levemente estirado hacia delante. El silencio es categórico, no se habla ni se cruzan miradas, solo se espera.
Las diferencias con las mesas para mujeres de planta baja y primer piso son notorias. En el primer piso se juntan las colas de tres urnas en un pasillo angosto junto a las escaleras. La gente busca su número de mesa por aquí y por allá, las mujeres que están haciendo fila se ponen a conversar para pasar el rato. La gente se apretuja y va de un lado al otro. Pero entremedio del tumulto algo me llama la atención.
Una mujer con cara de sapo busca nerviosamente algo en su cartera. Está de espaldas a la mesa y tiene el sobre firmado y sellado en su mano. Pero todavía no ha pasado al cuarto oscuro. Revuelve sus cosas apresuradamente y de manera molesta. No puedo saber qué busca exactamente. En ese momento, la presidente de mesa pregunta: -¿listo? Podés entrar. Dejá el bolso sobre la urna si querés…- Pero antes de hacer eso, logra sacar de la cartera un paquete de pañuelos descartables y se lo guarda en el bolsillo. Ahora sí, con el paquete de pañuelos y con el sobre en su mano entra a votar. La situación es curiosa: si alguien tiene la necesidad de limpiarse la nariz urgentemente, para lo cual busca pañuelitos descartables en su cartera, luego de encontrarlos no los guarda inmediatamente en su bolsillo, simplemente, se suena primero la nariz y luego entra al cuarto oscuro. Por lo que deduzco que dentro del paquete hay escondido un papel o una boleta determinada. Pero esto no es todo, la mujer (una tal Majul, según su documento) tarda mucho en salir. Han pasado varios minutos desde que entró y los integrantes e la mesa comienzan a preguntarse que puede estar haciendo allí dentro. La mujer abre la puerta del aula que oficiaba como cuarto oscuro, y deposita su voto naturalmente. Con algo de prisa toma su cartera, se da vuelta nuevamente y acomoda las cosas que llevaba dentro de ésta. Mientras tanto, las personas continúan pasando pero a la segunda, los fiscales de mesa entran varias veces al cuarto oscuro ya que al parecer había ciertas irregularidades. Lo último que pude escuchar es que la fiscal decía que iba a ser necesario entrar a ver el estado de las boletas cada cierta cantidad de personas y que no había que permitir que la gente entrara con bolsos.
Mientras Majul se retira del establecimiento educativo, en otra mesa, una mujer embarazada pide permiso para pasar a votar primero. Como su condición lo amerita nadie tiene problemas en ceder su lugar. Pero al ver que eso ocurría con la mujer embarazada, otra persona que lleva un nene de aproximadamente cinco años en brazos pide permiso para adelantarse en la fila y votar primero también. Una tercera mujer se queja de esta actitud, aludiendo que si bien ella tiene un chico chiquito aguardándola en su casa no se va a adelantar por ese motivo en la fila, correspondía que esperara su turno como todos. En un instante, explota una discusión. Pese a todo, la mujer que traía al nene en brazos logra pasar primero gracias a la intervención de los integrantes de la mesa. Sin embargo, mientras se encontraba dentro del cuarto oscuro estos últimos emprenden una crítica furiosa contra ella. Todos se dan la razón con todos, estaban indignados por la osadía. Sin embargo, cuando esta persona sale del cuarto oscuro, frente a miradas acusadoras de los votantes, los integrantes de la mesa la despiden con su mejor sonrisa y como si nada de lo anterior hubiera ocurrido. Es, sin duda, otro caso de “hipocresía democrática”.
Una presidente pasa haciendo equilibrio con una urna, un padrón electoral, un documento y una lapicera rumbo a planta baja. Intento seguirla para ver lo que ocurre. En la escalera me encuentro con algo insólito: un tipo está haciendo rebotar contra el suelo una pelota de tenis. Está apoyado en la pared del descanso de la escalera y repite rítmicamente la palabra “compro”. No puedo averiguar más, debo seguir a la mujer con la urna. Se trata pues del voto de una persona discapacitada. Una anciana con andador interrumpe a la fila de votantes de planta baja para poder usar el cuarto oscuro (un biombo de madera pintado de gris). La presidente, con la urna en la mano, se queda esperándola al igual que todas las demás personas.
Abajo, es esa mesa, se había juntado una gran cantidad de gente y me quedé ahí para observar. Otra señora inicia un escándalo, indignada por la cantidad de gente que se había juntado. Previamente había estado hablando con indignación con la que le seguía en la fila. Si bien ella no había tenido que esperar tanto y se encontraba en segundo lugar: ¿a quien no le gusta salir en defensa de todos aquellos que no pueden o no quieren hablar?
- Hace una barbaridad que estoy esperando, mire la cola que se juntó, las otras mesas no tienen semejante cola – inquiría a los integrantes de la mesa.
- Señora, yo estoy acá desde las siete de la mañana y tengo que estar acá hasta las nueve de la noche, me faltaron dos personas, tenga un poco de paciencia. – dijo la presidenta con un tono de vos elevado.
La primera en la fila se sumó al argumento de la segunda, con la típica frase: “Nosotros también tenemos cosas que hacer” pero al ver que no conseguían más adhesiones entre los votantes y considerando que, después de todo, a ellas ya les tocaba su turno, decidieron callarse la boca y esperar los segundos que faltaban.
Pocos minutos después una mujer muy bien vestida y arreglada exige a la mesa que no calculen su edad, lo exige casi duramente, como si su coquetería afectara su obligación y derecho de votar. Pero hay algo más en ella que me llama la atención. Tiene en sus manos un libro curioso. “Los Cuarenta Bramadores” es un libro de Vito Dumas, un navegante que se encausó en la aventura de recorrer el mundo en 270 días, en plena segunda guerra mundial, con un barco de vela y que pasó por la llamada “ruta imposible”, es decir, atravesó los tres cabos más peligrosos: Buena Esperanza, Tasmania y Hornos afrontando multitud de peligros y sufrimientos. Vito Dumas nació en la Argentina y es como un Ulises moderno. Bajo ese título cuenta sus hazañas. Pero éste libro, en este momento particular, representa además otra cosa. Es una metáfora de la historia del sufragio en la Argentina. El fraude electoral que caracteriza toda la primera parte de nuestra historia, las masivas elecciones llevadas a cabo por el radicalismo y el justicialismo, y las continuas intervenciones por parte de regímenes militares son asimilables a estos tres cabos en los que abundan las tempestades. Y la democracia es el barquito de vela que las atraviesa casi naufragando, preso de las inclemencias del tiempo, pero que sin embargo logra, tarde o temprano, salir a flote.
Por las actitudes que tuvo antes y después de entrar, me di cuenta que la mujer votó a Macri. Me pregunto entonces, cuales serán los nuevos obstáculos que Vito Dumas deberá afrontar y si alguna vez llegará a buen puerto.
Pero mi pensamiento se suspende, una vez más, por las circunstancias que acontecen. En la larga cola formada en esta mesa hay, como es de esperar, mujeres. Solo una chica está abrazada a su novio muy tiernamente. Es una pareja joven que rondará los treinta años de edad. Al parecer decidieron disfrutar juntos este maravilloso acto de ciudadanía. La cola avanza pero ellos siguen abrazados, no se separan nunca. Cada tanto un arrumaco cursi entre el papeleo que los rodea. Parecen no estar ahí, presentes en la fila, sino paseando al aire libre en el Rosedal. Cuando llega su turno, los dos se despiden. Ella se separa tortuosamente de su amado para ejercer su voto y pasa detrás del biombo. El muchacho queda desolado, ansioso de que salga para volverla a ver. Cuando, a los pocos segundos la chica se retira de la mesa, los dos tortolitos se abrazan y se besan amorosamente. Una historia de amor digna de una novela del Romanticismo pero que, en la actualidad, desencaja absolutamente.Cerca de la mesa masculina hay un cartel que comunica a los votantes que aquel que no ejerza su obligación de votar, o que obligue a otro a votar de determinada manera, o que prohíba, por cualquier medio, que otro ciudadano vote, será penado por la ley con una condena de hasta tres años de prisión. Irónicamente, termino de leer esto y escucho que un fiscal de mesa dice: -“Acá no entra nadie más hasta que no traigan unas buenas pizzas de muzzarela”. Finalmente, he encontrado actitudes. La actitud del voto se disipa entre tantas otras actitudes que rozan lo cómico y lo grotesco. Parece más bien como si se tratara de una fila en la caja del supermercado o en la parada de un colectivo. Nada las distingue de aquellas que ocurren en vida ordinaria. ¿Acaso votar debe ser como ir al supermercado o andar en colectivo? ¿O debe ser verdaderamente un acto serio y responsable, propio de una vida democrática en la que se respetan las diferencias? Votar, hoy por hoy, es un trámite que se trata de eludir, es solo una perdida de tiempo que no nos permite disfrutar del domingo. La impaciencia de la espera no es por el destino de la democracia, por la representación de nuestros intereses y expectativas, sino porque se pierde tiempo para preparar el asado y la ensalada. Si lo tomamos como una pérdida, verdaderamente lo será para todos; si lo tomamos como una ganancia, todos, antes o después, saldremos beneficiados. Todo lo anterior da cuenta, en su medida, del estado en que nos encontramos.
Hoy es día de elecciones en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pero yo no voto por vivir en provincia. Me pregunto, entonces, por qué estoy en este colegio del barrio de Colegiales. Quiero conocer el grado de interés que las personas tienen en el momento de ejercer su deber como ciudadanos, busco actitudes, muecas, comentarios, acciones, intenciones, comportamientos.
La escuela es chica, tiene tres pisos y un salón mediano en planta baja. En el primer piso están las mesas femeninas, en el segundo las masculinas y en planta baja se han improvisado dos biombos que hacen las veces de cuarto oscuro y son también mesas para sufragio femenino. La división entre sexos siempre me pareció absurda y anticuada. Las mesas masculinas del segundo piso son más serias y ordenadas. Por lo general hay hombres de edad mediana que esperan pacientemente de pie su turno y sostienen la libreta de enrolamiento o el documento de identidad entre sus manos entrelazadas. Todos aguardan en una misma posición, manos unidas adelante, brazos y hombros caídos y un pié levemente estirado hacia delante. El silencio es categórico, no se habla ni se cruzan miradas, solo se espera.
Las diferencias con las mesas para mujeres de planta baja y primer piso son notorias. En el primer piso se juntan las colas de tres urnas en un pasillo angosto junto a las escaleras. La gente busca su número de mesa por aquí y por allá, las mujeres que están haciendo fila se ponen a conversar para pasar el rato. La gente se apretuja y va de un lado al otro. Pero entremedio del tumulto algo me llama la atención.
Una mujer con cara de sapo busca nerviosamente algo en su cartera. Está de espaldas a la mesa y tiene el sobre firmado y sellado en su mano. Pero todavía no ha pasado al cuarto oscuro. Revuelve sus cosas apresuradamente y de manera molesta. No puedo saber qué busca exactamente. En ese momento, la presidente de mesa pregunta: -¿listo? Podés entrar. Dejá el bolso sobre la urna si querés…- Pero antes de hacer eso, logra sacar de la cartera un paquete de pañuelos descartables y se lo guarda en el bolsillo. Ahora sí, con el paquete de pañuelos y con el sobre en su mano entra a votar. La situación es curiosa: si alguien tiene la necesidad de limpiarse la nariz urgentemente, para lo cual busca pañuelitos descartables en su cartera, luego de encontrarlos no los guarda inmediatamente en su bolsillo, simplemente, se suena primero la nariz y luego entra al cuarto oscuro. Por lo que deduzco que dentro del paquete hay escondido un papel o una boleta determinada. Pero esto no es todo, la mujer (una tal Majul, según su documento) tarda mucho en salir. Han pasado varios minutos desde que entró y los integrantes e la mesa comienzan a preguntarse que puede estar haciendo allí dentro. La mujer abre la puerta del aula que oficiaba como cuarto oscuro, y deposita su voto naturalmente. Con algo de prisa toma su cartera, se da vuelta nuevamente y acomoda las cosas que llevaba dentro de ésta. Mientras tanto, las personas continúan pasando pero a la segunda, los fiscales de mesa entran varias veces al cuarto oscuro ya que al parecer había ciertas irregularidades. Lo último que pude escuchar es que la fiscal decía que iba a ser necesario entrar a ver el estado de las boletas cada cierta cantidad de personas y que no había que permitir que la gente entrara con bolsos.
Mientras Majul se retira del establecimiento educativo, en otra mesa, una mujer embarazada pide permiso para pasar a votar primero. Como su condición lo amerita nadie tiene problemas en ceder su lugar. Pero al ver que eso ocurría con la mujer embarazada, otra persona que lleva un nene de aproximadamente cinco años en brazos pide permiso para adelantarse en la fila y votar primero también. Una tercera mujer se queja de esta actitud, aludiendo que si bien ella tiene un chico chiquito aguardándola en su casa no se va a adelantar por ese motivo en la fila, correspondía que esperara su turno como todos. En un instante, explota una discusión. Pese a todo, la mujer que traía al nene en brazos logra pasar primero gracias a la intervención de los integrantes de la mesa. Sin embargo, mientras se encontraba dentro del cuarto oscuro estos últimos emprenden una crítica furiosa contra ella. Todos se dan la razón con todos, estaban indignados por la osadía. Sin embargo, cuando esta persona sale del cuarto oscuro, frente a miradas acusadoras de los votantes, los integrantes de la mesa la despiden con su mejor sonrisa y como si nada de lo anterior hubiera ocurrido. Es, sin duda, otro caso de “hipocresía democrática”.
Una presidente pasa haciendo equilibrio con una urna, un padrón electoral, un documento y una lapicera rumbo a planta baja. Intento seguirla para ver lo que ocurre. En la escalera me encuentro con algo insólito: un tipo está haciendo rebotar contra el suelo una pelota de tenis. Está apoyado en la pared del descanso de la escalera y repite rítmicamente la palabra “compro”. No puedo averiguar más, debo seguir a la mujer con la urna. Se trata pues del voto de una persona discapacitada. Una anciana con andador interrumpe a la fila de votantes de planta baja para poder usar el cuarto oscuro (un biombo de madera pintado de gris). La presidente, con la urna en la mano, se queda esperándola al igual que todas las demás personas.
Abajo, es esa mesa, se había juntado una gran cantidad de gente y me quedé ahí para observar. Otra señora inicia un escándalo, indignada por la cantidad de gente que se había juntado. Previamente había estado hablando con indignación con la que le seguía en la fila. Si bien ella no había tenido que esperar tanto y se encontraba en segundo lugar: ¿a quien no le gusta salir en defensa de todos aquellos que no pueden o no quieren hablar?
- Hace una barbaridad que estoy esperando, mire la cola que se juntó, las otras mesas no tienen semejante cola – inquiría a los integrantes de la mesa.
- Señora, yo estoy acá desde las siete de la mañana y tengo que estar acá hasta las nueve de la noche, me faltaron dos personas, tenga un poco de paciencia. – dijo la presidenta con un tono de vos elevado.
La primera en la fila se sumó al argumento de la segunda, con la típica frase: “Nosotros también tenemos cosas que hacer” pero al ver que no conseguían más adhesiones entre los votantes y considerando que, después de todo, a ellas ya les tocaba su turno, decidieron callarse la boca y esperar los segundos que faltaban.
Pocos minutos después una mujer muy bien vestida y arreglada exige a la mesa que no calculen su edad, lo exige casi duramente, como si su coquetería afectara su obligación y derecho de votar. Pero hay algo más en ella que me llama la atención. Tiene en sus manos un libro curioso. “Los Cuarenta Bramadores” es un libro de Vito Dumas, un navegante que se encausó en la aventura de recorrer el mundo en 270 días, en plena segunda guerra mundial, con un barco de vela y que pasó por la llamada “ruta imposible”, es decir, atravesó los tres cabos más peligrosos: Buena Esperanza, Tasmania y Hornos afrontando multitud de peligros y sufrimientos. Vito Dumas nació en la Argentina y es como un Ulises moderno. Bajo ese título cuenta sus hazañas. Pero éste libro, en este momento particular, representa además otra cosa. Es una metáfora de la historia del sufragio en la Argentina. El fraude electoral que caracteriza toda la primera parte de nuestra historia, las masivas elecciones llevadas a cabo por el radicalismo y el justicialismo, y las continuas intervenciones por parte de regímenes militares son asimilables a estos tres cabos en los que abundan las tempestades. Y la democracia es el barquito de vela que las atraviesa casi naufragando, preso de las inclemencias del tiempo, pero que sin embargo logra, tarde o temprano, salir a flote.
Por las actitudes que tuvo antes y después de entrar, me di cuenta que la mujer votó a Macri. Me pregunto entonces, cuales serán los nuevos obstáculos que Vito Dumas deberá afrontar y si alguna vez llegará a buen puerto.
Pero mi pensamiento se suspende, una vez más, por las circunstancias que acontecen. En la larga cola formada en esta mesa hay, como es de esperar, mujeres. Solo una chica está abrazada a su novio muy tiernamente. Es una pareja joven que rondará los treinta años de edad. Al parecer decidieron disfrutar juntos este maravilloso acto de ciudadanía. La cola avanza pero ellos siguen abrazados, no se separan nunca. Cada tanto un arrumaco cursi entre el papeleo que los rodea. Parecen no estar ahí, presentes en la fila, sino paseando al aire libre en el Rosedal. Cuando llega su turno, los dos se despiden. Ella se separa tortuosamente de su amado para ejercer su voto y pasa detrás del biombo. El muchacho queda desolado, ansioso de que salga para volverla a ver. Cuando, a los pocos segundos la chica se retira de la mesa, los dos tortolitos se abrazan y se besan amorosamente. Una historia de amor digna de una novela del Romanticismo pero que, en la actualidad, desencaja absolutamente.Cerca de la mesa masculina hay un cartel que comunica a los votantes que aquel que no ejerza su obligación de votar, o que obligue a otro a votar de determinada manera, o que prohíba, por cualquier medio, que otro ciudadano vote, será penado por la ley con una condena de hasta tres años de prisión. Irónicamente, termino de leer esto y escucho que un fiscal de mesa dice: -“Acá no entra nadie más hasta que no traigan unas buenas pizzas de muzzarela”. Finalmente, he encontrado actitudes. La actitud del voto se disipa entre tantas otras actitudes que rozan lo cómico y lo grotesco. Parece más bien como si se tratara de una fila en la caja del supermercado o en la parada de un colectivo. Nada las distingue de aquellas que ocurren en vida ordinaria. ¿Acaso votar debe ser como ir al supermercado o andar en colectivo? ¿O debe ser verdaderamente un acto serio y responsable, propio de una vida democrática en la que se respetan las diferencias? Votar, hoy por hoy, es un trámite que se trata de eludir, es solo una perdida de tiempo que no nos permite disfrutar del domingo. La impaciencia de la espera no es por el destino de la democracia, por la representación de nuestros intereses y expectativas, sino porque se pierde tiempo para preparar el asado y la ensalada. Si lo tomamos como una pérdida, verdaderamente lo será para todos; si lo tomamos como una ganancia, todos, antes o después, saldremos beneficiados. Todo lo anterior da cuenta, en su medida, del estado en que nos encontramos.
martes, 19 de junio de 2007
Corpus extraído fresquito de la semiosis social
Situación: Mamá, Papá y yo en el comedor mirando Son de Fierro mientras comíamos.
Mamá señala una escena del programa y dirigiéndose a Papá le dice: "Mirá, mirá, escuchaste no?"
Yo me río, pero no acoto nada, mamá me mira y se ríe pensando que eso fue una especie de gesto de complicidad de mi parte, acto seguido hago un gesto como moviendo la cabeza que se me hace difícil describir en palabras, pero la cuestion es que ella me pregunta qué por qué me río y yo le respondo:
Es que sé los mecanismos de fondo por los cuáles operan las novelas y films de ficción para generar ese efecto en vos, qué bien que funcionan.
Mamá repregunta: y cuáles son esos?
Acto seguido salgo corriendo a buscar el resumen de semiótica!! :'(
Mañana parcial. Estoy muy nerviosa. Espero que me vaya bien.
Mamá señala una escena del programa y dirigiéndose a Papá le dice: "Mirá, mirá, escuchaste no?"
Yo me río, pero no acoto nada, mamá me mira y se ríe pensando que eso fue una especie de gesto de complicidad de mi parte, acto seguido hago un gesto como moviendo la cabeza que se me hace difícil describir en palabras, pero la cuestion es que ella me pregunta qué por qué me río y yo le respondo:
Es que sé los mecanismos de fondo por los cuáles operan las novelas y films de ficción para generar ese efecto en vos, qué bien que funcionan.
Mamá repregunta: y cuáles son esos?
Acto seguido salgo corriendo a buscar el resumen de semiótica!! :'(
Mañana parcial. Estoy muy nerviosa. Espero que me vaya bien.
viernes, 15 de junio de 2007
Otro de mis pensamientos en voz alta
Ella me dijo que le costaba decir lo que sentía, no porque no lo supiera, no porque no entendiera, sino que no podía ponerlo en palabras, entonces yo le recomendé contarlo en tercera persona, claro, como un relato, como un cuentito, que cambie algunas cosas, que exagere o minimice, que imagine, que invente, no se trata de mentir, no es una declaración jurada sino una de tantas formas de expresarse, desahogarse, el límite entre la realidad y la ficción lo pone cada uno e incluso mejor aún cuando dejás picando el bichito de la incertidumbre o no?
miércoles, 13 de junio de 2007
Norah Jones - Come away with me
Norah Jones - Ven conmigo
(traducción)
Ven conmigo
Y te escribiré una canción
Ven conmigo en un autobús
Ven conmigo a donde no nos puedan tentar
Con sus mentiras
Quiero caminar contigo
En un día nublado
En campos donde la hierba amarilla crece a la altura de la rodilla
Para que no intentes venir
Ven conmigo y nos besaremos
En la cima de una montaña
Ven conmigo
Y nunca dejaré de amarte
Y quiero despertar con la lluvia
Cayendo en un tejado de estaño
Mientras yo estoy a salvo en tus brazos
Así que todo lo que te pido es
Que vengas conmigo en la noche
Ven conmigo
No sé insertar video de youtube =( pero aquí tienen el link, por si lo quieren ver, es muy bonito y la mina tiene una voz increible:
http://www.youtube.com/watch?v=aBKcKQHZXks
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
